La polifacética obra de Eddie Ferraioli es una metáfora de sus deseos, sueños y recuerdos. Quien se adentre a su taller-tienda en los bajos del Edificio El Caribe, tal vez pueda sobrecogerse por la multiplicidad de objetos y obras de arte que hay allí: sillas-esculturas para no sentarse, poemarios de su autoría, joyas, pinturas y, por supuesto, murales en mosaico y vitral.
Sin embargo, allende las piezas creadas, el visitante levantará la vista y se topará con un creador en plena faena: entregado a su arte con la fuerza de un herrero y la delicadeza de un botánico que acaba de descubrir una nueva especie.
"No hay duda, soy barroco", responde el artista nacido y criado en el barrio santurcino de Miramar, mientras trabaja con diminutas piezas de cristal en un nuevo lienzo de medios mixtos, cuando le pregunto cómo puede armonizar en su cabeza disciplinas tan diversas como el mosaico, el vitral, la pintura en lienzo, la escultura y la escritura creativa.
Pausado es su hablar. Su mirada es suave y aún conserva el destello del niño curioso que seguramente fue. Su ímpetu creativo nace de un diálogo entre su pasado, presente y porvenir. Al advenir en conocimiento del origen y trayectoria de Ferraioli, podría asegurar esta apreciación que hago de su obra. Mas un vistazo a su trabajo es como asomarse a un bosque: en un principio impresionará la vastedad y la majestuosidad, para luego dar paso al descubrimiento constante de la belleza que reside en los detalles.
"En mi arte, (esto) es un escalón tras otro. En mi caso, tengo pasión por el cristal y no puedo romper con él completamente", dice como si nada, al tiempo que lo observo trabajar, mientras puntillea manchas negras con un fino pincel sobre un lienzo, cuando le pregunto por qué sigue incorporando el mosaico y el cristal a las pinturas que ahora trabaja para su venidera muestra en la Galería Brío.
Me alejo de los detalles del lienzo y contemplo a grandes rasgos la obra en proceso. De primera intención, unas piezas de cristales rojos y negros me parecen largas gotas de agua o lágrimas. Mas levanto la vista y miro otros murales en mosaico que hay en su taller, en tanto recuerdo la crianza de Ferraioli en Miramar.
"¿Eddie, esos cristales son como reminiscencias tuyas de las semillas de los mangles?", le pregunto sin decoro alguno.
Mi curiosidad le sirve de pie forzado para echar a andar el vagón de sus recuerdos.
"Sí, es que yo iba mucho (cuando era niño) desde mi casa, cerca de la Capilla Lourdes (estructura diseñada por el arquitecto Antonín Nechodoma, que se ubica en la esquina de la avenida Mirarmar y Ponce de León) a la Laguna de El Condado, que llegaba hasta lo que es hoy la avenida Baldorioty de Castro", explica.
A sus 59 años, Ferraioli sigue siéndole fiel en su arte a la flora y fauna que lo acompañó durante su crianza.
"Uso los árboles y flores de Puerto Rico: los mangles, las heliconias y los lagartijos, aunque, ¿sabes qué?, a mucha gente esas cosas le hacen referencia a la India", me revela, como decir, ‘sin querer queriendo’, que cada cual ve en su obra lo que le parece.
Entonces me lanzo a comentar lo que parecería obvio y evidente. Su crianza en el sector santurcino de Miramar tiene que incidir en su amor por el arte del mosaico y el vitral, dado el hecho de que en esas áreas de la capital abundaban las casas que tenían mosaicos o vitrales en sus verjas o puertas.
Pero Ferraioli me saca de la ‘ínsula’ cangrejera, para darme una muestra del diálogo que su obra establece con la cultura occidental: "Uso mucho el dorado, porque me recuerda el mosaico clásico, como el de Ravenna o el mosaico bizantino".
Ahora me muero de curiosidad por saber cómo trabaja en pinturas y mosaicos tan complejos, con tantos colores y miles de piezas de mosaicos cortadas de diversas maneras.
"Es un trabajo de descubrimiento. Tiro las líneas (de un boceto) y pongo cristales, así, como vengan", me responde con mucha soltura. Quizás ahí radica la grandeza de un artista como Ferraioli: hacer parecer fácil una tarea muy compleja.
Vuelvo a divagar por su taller y me topo con una silla antigua hecha en caoba y pajilla. Voy reparando que en este lugar las cosas no están aquí ‘porque si’.
"Esa silla la hizo mi papá en 1924. Mi papá era maestro de artes industriales, aunque cuando yo nací, ya él se había convertido en médico. En el apartamento donde vivíamos había un taller y fue ahí donde comencé a trabajar", me confiesa, mientras continúa dándome noticia del gran mosaico que conforma su herencia familiar: su abuelo por parte de madre era un judío-alemán, mientras que su abuelo por parte de padre era italiano.
Al abundar sobre su compleja herencia, que le dio pie para realizar la serie de murales en mosaico que tituló Vírgenes, se le quiebra un poco la voz.
"Fui a Alemania a los 4 años. Visitamos a nuestra familia judía. A ver quién quedaba", cuenta el artista, quien comenzó su educación universitaria en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, donde completó un bachillerato en psicología, para luego hacer estudios de arte en las instituciones neoyorkinas Parson’s School of Design, New School for Social Research y New York University.
Una obra colosal
Quizás usted se ha topado con la obra de Eddie Ferraioli cuando ha tocado a la puerta de una casa u oficina. Gran parte de la creación del santurcino está en manos ‘privadas’, aunque hay una pieza, llamada ‘Árbol de papaya’, que es propiedad del Museo de Arte de Ponce y que actualmente está destacada en La Fortaleza, en calidad de préstamo.
A pesar de la dificultad que pueda representar ver una obra de Ferraioli, pronto los caminantes y visitantes de Santurce podrán disfrutar de la obra más monumental que ha realizado el artista.
Se trata de un gran mural en mosaicos y cristales de 48 pies de largo por 8 pies de alto, que será ubicado como eje central de la fuente que estará ubicada en la plaza central del desarrollo multiusos Ciudadela. El público puede ver algunos de los paneles que conforman este mural en el recibidor del edificio El Caribe, así como en la sala de ventas del proyecto santurcino, que se ubica en la parada 22.
En cuanto al mural, Ferraioli argumenta que su obra es un diálogo con la historia y renovación de Santurce, enmarcado en un contexto global del devenir de las ciudades.
"La historia de la humanidad es el desarrollo de una ciudad sobre otra. Los paneles (del mural) simbolizan las diferentes culturas en el transcurrir del tiempo. Se destacan mucho las columnas, porque eso es lo que más asociamos con el pasado. Hay algunas de esas columnas incompletas. Ahí lo que sugiero es cómo serán las ruinas de la ciudad que hoy vemos completa", explica al abundar sobre el mural de ocho paneles, que contienen un promedio de 3,000 a 15,000 mosaicos, y que se tardó un año y medio en completar, mientras escuchaba su colección de música clásica pues, "quería que (el mural) fuera más sinfónico".
Por Marcos Pérez Ramírez